Nuestros municipios    Borja

 


C
abecera de la comarca que lleva su nombre, Borja, con una población que alcanza casi los 4.400 habitantes, se asienta en la margen izquierda del río Huecha, a poco más de 60km. de la capital aragonesa.

Aunque su origen como ciudad se remonta a la época de la invasión musulmana, encontramos en sus alrededores numerosos yacimientos arqueológicos que
nos hablan de asentamientos humanos muy anteriores. Hubo ocupaciones durante el Paleolítico Inferior o Medio (yacimiento del Raso Bajo), aunque no va a aparecer un poblamiento estable hasta la Edad de Bronce (hacia el 2000 a. C.). De esta época encontramos restos de cerámica campaniforme en el Mocín, así como en Majaladares (ladera norte de la Muela de Borja), donde tenemos constancia de un taller de sílex al aire libre, o en el Estrechuelo (zona central de la Muela), donde aparecieron restos óseos humanos acompañados de ajuar cerámico y lítico.

De la ibérica Bursau, como fue llamada en la antigüedad, se conservan numerosos restos arqueológicos, declarados "sitio arqueológico de interés nacional". Ya entonces acuñó moneda, siendo poco después conquistada por el imperio romano y quedando de ese periodo numerosas muestras de cerámica campaniense, vidrio y terra sigilata.

Durante su época musulmana, en la que parece se llamó Burya ("torre" o "fortín" en árabe), fue sede del señorío de los Banu-Qasi, quien gobernó la Marca Superior durante el siglo XI.

De ese brillante pasado musulmán quedan el encanto de sus calles estrechas y los restos arqueológicos del castillo que preside la ciudad.

Reconquistada por Alfonso I el Batallador, Borja adquiere un gran protagonismo como villa fronteriza en las guerras castellano-aragonesas, especialmente en la guerra de "los dos Pedros", en la que los castellanos saquean e incendian el Concejo, dejando a la villa en una situación desastrosa de la que tardarán tiempo en recuperarse.

De esa época, aunque con numerosas aportaciones posteriores que llegan hasta el siglo XIX, es la colegiata de Santa María, de la que desatacan sus dos esbeltísimos campanarios, mudéjar el sur y clasicista el otro, así como las quince bellísimas tablas góticas (siglo XV) pintadas por los Zahortiga, que formaban parte del antiguo retablo, y hoy contemplamos en la sacristía. Del mismo periodo (siglo XIII) data la iglesia de San Miguel, de estilo cisterciense, hoy recuperado como Museo Arqueológico, de próxima apertura. En 1438, le es concedido por Alfonso V, el Magnánimo, el título de "ciudad", desatacando de ese momento la construcción del claustro de Santa María, de planta cuadrada y adosado a la iglesia en su lado sur, así como la Plaza del Mercado, uno de los más pintorescos rincones de la ciudad, con la casa-palacio de los Angulo y el hoy conocido como "torreón de los Borja".

Será en los siglos XVI y XVII cuando alcance la ciudad su máximo esplendor, quedando reflejado en la belleza de las construcciones de la época y en la ampliación de la ciudad, la cual crece notablemente, desbordando ya la segunda muralla. Bellísimos ejemplos de arquitectura civil pueblan todavía las calles de Borja, antiguos palacios del XVI, con sus típicas galerías de arquillos aragonesas y magníficos aleros tallados en madera, como los que encontramos en la calle San Francisco, el actual Consistorio, la Casa de las Conchas (en restauración) o la de Doña María de Aguilar (hoy Centro de Estudios Borjanos), sin olvidar la Casa de la Estanca a las afueras de la ciudad.

La arquitectura religiosa deja sobre todos en el XVII sus ejemplos más hermosos, como lo demuestran el convento de la Concepción (declarado Monumento Nacional en 1983), la iglesia de Santo Domingo, hoy Auditorio Municipal, o el convento de Santa Clara, todavía ocupado por monjas de clausura.

Borja va a prestar apoyo contundente a Felipe V en la Guerra de Sucesión, lo que le vale ser sitiada en 1706 por los partidarios del archiduque Carlos. Y no será hasta el siglo XIX, cuando la ciudad inicie una lenta pero continuada recuperación del desastre socioeconómico que supuso su apoyo a Felipe. El incremento de su producción vinícola y de su exportación al exterior será lo que marque este despegue definitivamente.

Actualmente Borja, se presenta como una ciudad abierta al exterior, viva y en continuo crecimiento económico, lo que le vale alzarse como capital de la comarca del Campo de Borja.

A las afueras de la ciudad, a poco más de medio Km. en dirección a El Buste, se encuentra el Santuario de Misericordia, en una de las últimas estribaciones de la sierra del Moncayo. Allí, la pequeña ermita de comienzos del XVI, anexa al caserón de la misma época, alberga la talla románica (XIII) de la Virgen de Misericordia, a la que los borjanos tienen gran devoción. Estos edificios, enclavados en un magnífico paraje rodeado de fuentes, árboles y aire puro, lo han convertido en lugar muy concurrido durante los días festivos.

La actividad diaria de Borja, la cual basa su economía fundamentalmente en el cultivo de vides y las bodegas, agricultura de regadío y ganadería ovina y bovina, así como en las industrias situadas sobre todo en el polígono Barbalanca, se ve amenizada por las numerosas actividades culturales y deportivas que se desarrollan a lo largo de todo el año. Las Jornadas Coralistas (noviembre), el encuentro de Bandas de Música (mayo), Borja en Jazz (junio), la Subida Automovilística al Santuario (octubre) o el "Memorial Antonio Bolea" de Barra Aragonesa (septiembre) son solo una muestra de ello.

Borja celebra sus fiestas patronales en honor a la Virgen de la Peana el primer domingo de mayo, destacando en ellas el Rosario de Cristal. Para el 20 de enero (S. Sebastián) una antigua costumbre que se remonta al siglo XV impregna toda la ciudad de olor a pólvora, mientras que para S. Bartolomé (24 de agosto) se representa un dance en honor al Santo; San Jorge (23 de abril) se celebra en la ermita del santo, comiendo un pan dulce con huevos duros.
Pero es en Semana Santa cuando el fervor popular cobra más intensidad en el "Entierro de Cristo", el Viernes Santo, en una procesión emotiva de hondo contenido religioso.

La larga tradición borjana se transforma en gastronomía a través de la indudable calidad de sus bodegas, como en su dulce más típico, el "bizcocho de Borja", elaborado con huevo exclusivamente, y que no podemos dejar de probar en nuestra próxima visita.


              



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